domingo, 27 de enero de 2008

Hermesiana: Defensa de Sócrates

En un post anterior, hablando del futuro del libro, mencionábamos lo que supuso la aparición de la imprenta para la historia de la Cultura. La imprenta inventada por Gutenberg no es una especie de ‘’oopart’ (acrónimo en inglés de Out of Place Artifact), sino que en él confluyen muchos de los procesos que venían fraguándose en los siglos anteriores. Es una creación “epocal”, si no hubiera sido Gutenberg su artífice habría sido cualquier otro. La Historia humana está llena de estos saltos, de estos “momentos estelares” que a veces encuentran algo así como su vértice en un descubrimiento concreto, o en una persona en la que parecen amalgamarse todas las fuerzas de un tiempo. En el día de hoy, Internet o el desvelamiento del genoma humano están representando este fenómeno. En el pasado, a poco que busquemos podemos seguir la genealogía de estos extraordinarios saltadores del abismo que, expuestos más tarde a sucesivas regresiones o intentos de ocultación, consiguen salir victoriosos de su pugna con la marcha de los tiempos. Como digo, no resultan islas, en todo caso, penínsulas que ancladas en su época consiguen despejar de tinieblas un horizonte que parecía cerrado, abriendo fértiles caminos. Algunos tuvieron que pagar un alto peaje por hacerlo: su propia vida. No hay caso más ejemplar a este respecto que el de Sócrates. Hegel lo vio con claridad: “El pueblo ateniense había entrado en ese periodo de formación y cultura en que la conciencia individual se separa y emancipa del espíritu general como una fuerza independiente. Se encontró con que esto lo cumplía Sócrates, pero dándose cuenta al mismo tiempo de que ello era la perdición, lo castigó con la muerte del hombre en quien lo veía representado. El proceso de Sócrates no es, por tanto, solamente la destrucción de un individuo, sino que todos se hallan implicados en él; era, en realidad, un crimen que el espíritu del pueblo perpetraba contra sí mismo”.

El texto que aquí traemos fue pronunciado por Sócrates en el juicio que contra él se celebró, acusado de “corromper a la juventud” y por el que sería condenado a muerte. Pudiera haber elegido arrepentirse, o negar los cargos que se le imputaban. Pero, entonces, claro, no hubiera sido Sócrates. Al contrario, esto es lo que dijo:

2. Sócrates. Defensa del filosofar

Atenienses, os acojo con afecto y os amo, pero obedecerá más al dios [daimon: se ha traducido también por “voz interior” o “conciencia”] que a vosotros, y mientras respire y pueda no cesaré de filosofar, de exhortaros, de examinar sin tregua a quienquiera de vosotros que encuentre, diciéndole lo acostumbrado: “Tú, el mejor de los hombres por ateniense, ciudadano de la ciudad más grande y afamada en sabiduría y poder ¿no te avergüenzas de poner tu cuidado en los medios para detentar lo más posible en negocios, reputación y honores, cuando para nada te preocupas del pensamiento, de la verdad y del alma, ni se te ocurre hacer de eso lo máximamente bello?” Y si alguno de vosotros lo niega, afirmando que se cuida de tales cosas, ni le atacaré ni me iré; le interrogaré y observaré a fondo, y le avergonzaré si no me parece poseer la virtud aunque él así lo crea; le reprocharé que nada son para él las cosas del más alto valor, y le censuraré tomar lo pequeño por lo grande. Estas son las cosas que el dios me ha ordenado, sabedlo bien. Y pienso que mi obediencia al dios es el máximo bien acaecido a la ciudad”.

(los dos textos citados se encuentran en Antonio Escohotado, “Génesis y evolución del análisis científico”, Ediciones Académicas, Madrid, 2006)

miércoles, 23 de enero de 2008

El libro futuro

Desde hace algunos años estamos asistiendo a un curioso debate en torno a la irrupción del llamado "libro electrónico". De forma general, se han creado dos frentes compuestos, por un lado, por aquello "apocalípticos" para quienes tal aparición vendría a darle la puntilla a cierta forma de cultura escrita, predominante desde la aparición de la imprenta -con todo lo que ello traería aparejado de deterioro y decadencia- y, por el otro, por el grupo de los "integrados", quienes, lectores habituales o no, ven en este fenómeno el triunfo definitivo del nuevo paradigma informático sobre la cultura anacrónica que representa el libro impreso. Vencer al contrario en su propio terreno.

Desde luego, el desarrollo del libro electrónico parece imparable, y a mi juicio, tiene aparejadas más ventajas que inconvenientes, como trataremos de observar. Para ello es necesario distanciarse en la medida de lo posible de nuestro objeto de análisis, lo que supone dejar a un lado prejuicios de cualquier tipo, y situar el fenómeno en su proceso histórico. Esto, por ejemplo, es lo que Félix Sagredo Fernández y Mª. Blanca Espinosa Temido intentaron hacer casi la friolera ya de diez años (¡la prehistoria en la era informática!) en un artículo en el que abordaban detenidamente esta cuestión: "Del libro, al libro electrónico-digital".

Entre otros argumentos a favor del "libro electrónico", y con la intención de superar determinadas barreras que podríamos llamar sincrónicas, estos profesores trazan una analogía con el "éxito" que obtuvo el libro después de Gutenberg, "al recoger una serie de modalidades ergonómicas que lo identificaron con el hombre y lo hicieron una extensión de sus mismos sentidos. Qué son, cubiertas y hojas, -dicen- sino una especie de fruto del gran árbol del conocimiento que, con sus ramas, manos en cierta sentido, nos presenta ese mismo fruto que el intelecto contempla, consume y disfruta, mientras lo sostiene con cariño quasi reverente. Hasta a veces le trasmitimos esa misma indirecta veneración, al traspasar a sus páginas con los dedos, como un ósculo el húmedo tacto de nuestra lengua." Si la humana es fundamentalmente una cultura del cerebro y de la mano es normal que tras 500 años de íntima relación a muchos nos parezca tan ajena la vida de un ser humano sin libros, como para un pez resulta inviable la vida fuera del agua.

Sin embargo, los autores del artículo están en lo cierto cuando afirman que "la cultura y la civilización están en continuo devenir". Y hoy en día ya estamos haciendo esa transición con otro "objeto", más frío, si se quiere, pero que ejerce sobre nosotros una enorme fascinación: la pantalla. "Esa pantalla que convive con nosotros, que nos sirve universalmente para trasmitir ideas, cultura, creación y conocimiento; y sin la cual nuestra vida, en estos precisos momentos, quedaría frustrada y truncada en muchos de sus aspectos; porque nos es tan vital o más que la misma lectura."

¿Exagerado? Me temo que no. En un artículo aparecido en el último Cultural de El Mundo se hablaba de la actual coyuntura en estos términos: "Hoy más que nunca arde la vetusta Biblioteca de Alejandría y resulta urgente comprender los mecanismos, las rutas, de las nuevas y virtuales salas en las que nos adentramos." Una vez nos ponemos a leer las opiniones de los autores y editores consultados, nos percatamos de que buena parte de los actores del mercado tradicional del libro aún no se ha dado cuenta de la revolución que tenemos a la vuelta de la esquina. Quizá porque no creen en ella, o quizá porque -como ese editor que ni siquiera sabe mandar un e-mail, pues le dicta las cartas a su secretaria- no se enteran. Pero, al margen de esto, cada vez menos dudan de que el libro electrónico ha dejado de llamar tímidamente a nuestra puerta para colarse en la sala de estar. Y lo ha hecho para quedarse.

Un ejemplo muy claro de la moderna fe en el Progreso que ofrece el libro electrónico nos lo ofrece un autor que viene profundizando desde hace años en este terreno. Se trata de Cory Doctorow, responsable de boing-boing, quien en una disertación a este respecto ("Libros electrónicos: ni libros, ni electrónicos", traducción de Javier Candeira) hace una encendida defensa de este dispositivo.

Doctorow, parte de dos "certezas": 1) Más y más gente está leyendo más palabras en más pantallas cada día; y 2) Menos y menos gente está leyendo menos palabras en menos páginas cada día. No estamos, pues, en el ámbito de lo hipotético sino radiografiando la realidad actual.
En este sentido, Doctorow, en sintonía con los anteriormente citados, está convencido de que el libro, esencialmente, es una "práctica" y no un "objeto", lo que es un concepto bastante "radical". Reconoce, que "los libros electrónicos no ganan a los libros de papel en cuanto a tipografía sofisticada, no están a su altura en cuanto a la calidad del papel o al olor de la cola". Pero, a su vez, destaca sus limitaciones: "intenta mandarle un libro de papel a un amigo que vive en Brasil, gratis, en menos de un segundo. O cargar mil libros de papel en un dedal de memoria flash que llevas enganchado al llavero. O buscar en un libro de papel cada aparición del nombre de un personaje para encontrar un párrafo querido. Demonios, intenta copiar un párrafo lúcido y conciso de un libro de papel para ponerlo en tu firma de correo."

Doctorow no es un "integrado" al uso. Proviene de una cultura libresca. Reconoce poseer 10.000 ejemplares repartidos en dos bibliotecas. "Ahora bien -afirma-, tanto como me gustan los libros, me encantan los ordenadores." Y así se detiene a comparar la revolución actual con otras producidas en épocas precedentes. "Los ordenadores son fundamentalmente diferentes de los libros modernos, del mismo modo en que los libros impresos son diferentes de las biblias monásticas (…). En aquel tiempo, un "libro" era algo producido durante muchos meses de trabajo por un copista, normalmente un monje, sobre un sustrato duradero y sexy como la piel de feto ovino." La fotocopiadora de Gutenberg alteraría todo aquello. Copias en minutos, nuevas texturas, mayor accesibilidad, democratización progresiva del libro, al fin y al cabo.

"Olvidémonos de todo ese asunto de que el modelo de copia de Internet es más disruptor que las tecnologías anteriores. Por el amor de Dios, los artistas de vodevil que pusieron un pleito a Marconi por inventar la radio tuvieron que pasar de un régimen en el que tenían el cien por ciento de control sobre quién podía entrar en un teatro y escucharles actuar a un régimen en el que tenían el cero por ciento de control de quién podía comprar o fabricar una radio y sintonizar una grabación en la que ellos actuaban. Por las mismas, comparen una Biblia manuscrita y una Biblia de Lutero; junto a ese cambio de fase, Napster es una nadería."

De momento, algo que ha impedido en la práctica una mayor profundización es la ausencia de un prototipo ideal de libro electrónico que pueda suplir esas cualidades "materiales" del libro que conocemos. Existen numerosos ejemplos de estos dispositivos de e-book, el iLiad (fabricado por una filial de Philips), el Reader de Sony, el HanLin eBook, el STAReBOOK STK-101, el Bookeen Cybook y ahora el nuevo Kindle, producto de Amazon. Este último, en concreto, había levantado una euforia que fundadamente algunos se han encargado de apagar (xataka, alt1040.com ...).

Pero, que a nadie le quepa duda de que esos modelos electrónicos capaces de rivalizar con los actuales, orgánicos, llegarán. Y no tarde.

Mientras eso sucede, los "apocalípticos" siguen moviéndose en sus propias contradicciones. No prescindirían de sus equipos de alta fidelidad, de sus potentes ordenadores, de sus navegadores, ni por supuesto de los escáneres de los hospitales. Pero ven en el libro impreso la última frontera. Ya no se trata de mantener los ricos códices. Estos no serían más que los generales de la guerra que se está librando al frente de ejércitos compuestos en su mayoría por la soldada que representan los libros de bolsillo. Se trata, aseguran, de salvar la Cultura. Su idea de Cultura, claro.

Si nos ponemos puristas, los códices eran "mejores" que los libros impresos, los gramófonos y la radio netamente "deficientes" ante un buen recital, ver películas en DVD "menos" excitante que hacerlo en una gran sala de proyección, pasar las láminas de un tomo de Arte "incomparable" con pasear por el Prado. Pero, como señala Doctorow esto "no quiere decir que los viejos medios mueran. Los artistas siguen haciendo manuscritos iluminados, los grandes pianistas siguen subiendo al escenario del Carnegie Hall, y los estantes siguen repletos de reveladoras biografías de músicos, más detalladas que ningún folleto del interior de un disco. "

Sin embargo, lo que no está tan claro todavía es que la experiencia lectora sea "peor" en un libro de papel o en el digital. Será quizá peor en unos sentidos que en otros. A mí personalmente la posibilidad de poder disponer en un mismo aparato de, por ejemplo, la obra completa de un autor, descargarme en segundos los volúmenes que me apetezca, pasar los textos que me interesen a mi ordenador personal, aumentar o reducir a placer la fuente del texto (o cambiársela), o de las imágenes, no me parece un escenario dramático. O desde luego, menos traumático que saber que en dos o tres décadas los volúmenes que ahora compramos se habrán convertido en un mazo de serrín deshilachado. Reconozco que hasta fecha muy reciente, era realmente escéptico ante las bondades de muchos de los nuevos sistemas de comunicación, incluido el libro electrónico. Pero desde que tuve la oportunidad de ver el cortometraje francés '¿Possible ou probable?', mis viejas resistencias se quebraron.

Algo me dice en el fondo que esto no está bien. Un prejuicio de "apocalíptico". ¿O un prejuicio de clase? Al fin y al cabo, mi biblioteca personal contribuye a reforzar mi estatus. E incluso mi patrimonio.
No lo sé. Pero, de lo que no me cabe duda es de que todo esto me resulta apasionante.


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domingo, 20 de enero de 2008

Poemas del ocaso

Decía el poeta alemán Gottfried Benn, que la poesía debía ser “exorbitante” o no ser. También afirmó alguna vez que un gran poeta, a lo largo de su vida, raramente podía llegar a componer cinco o seis poemas realmente logrados, “exorbitantes”.

Desde luego, puede decirse que el autor de Morgue y otros poemas–su primer e impactante libro-, a pesar del desconocimiento general que de su obra existe en países como el nuestro, alcanzó esa cuota a lo largo de más de 40 años de trayectoria, en la que la poesía y su obra en prosa convivieron con el ensayo, dentro del cual la reflexión estética alcanzó un altísimo nivel.

En 1956 Benn, poco antes de morir, escribía su último poema, “Nadie puede estar triste”, que el brillante hispanista colombiano Rafael Gutiérrez Girardot traducía al español- dentro de la que sería una de sus últimas colaboraciones-, para el cuarto número de la desaparecida revista La Pluma y el Tiempo. Leemos un fragmento:

“Llevamos en nosotros semillas de todos los dioses,
El gen de la muerte y el gen del placer:
quién los separó: las palabras y las cosas,
quién las mezcló: los tormentos y el lugar,
en el que concluyen, madera con quebradas de lágrimas,
por breves horas un lamentable hogar.

Nadie puede estar triste. Demasiado lejos, demasiado amplio.
Demasiado intocables cama y lágrimas,
ni un no, ni un sí,
nacimiento y dolor corporal y fe,
un ondular, sin nombre, un deslizarse,
un celestial, moviéndose en sueño,
movidas cama y lágrimas,
duerme."

Poema del ocaso, de despedida, como crepusculares fueron los textos incluidos en el primer libro de un poeta que en ese mismo año, en 1956, iniciaba su carrera, y que hace sólo unos días que nos ha abandonado: Ángel González. El poemario en cuestión se llamaba Áspero mundo. De ahí extraemos “Eso no es nada”, un poema que como la lírica de Benn estaba atravesada –más allá de las evidentes desemejanzas de orden estético- por un mismo temblor, el que emana de una feroz melancolía.

ESO NO ES NADA

Si tuviésemos la fuerza suficiente
para apretar como es debido un trozo de madera,
sólo nos quedaría entre las manos
un poco de tierra.
Y si tuviésemos más fuerza todavía
para presionar con toda la dureza
esa tierra, sólo nos quedaría
entre las manos un poco de agua.
Y si fuese posible aún
oprimir el agua,
ya no nos quedaría entre las manos
nada.

viernes, 18 de enero de 2008

El problema religioso

Leyendo el discurso que pronunció Manuel Azaña dentro de la discusión en torno al artículo 26 de la Constitución republicana, que formulaba la separación de Iglesia y Estado -y que regala El Mundo dentro de una magnífica colección de escritos políticos-, a la luz de la tensa relación que mantiene el actual Gobierno con la jerarquía católica, me he puesto a pensar en lo que separa a aquella sociedad de la actual en esta materia.

Sin duda, muchas cosas han variado en los más de setenta años transcurridos desde que el 13 de octubre del 31 el líder de Acción Republicana pronunciara uno de los discursos más influyentes de la política española. Aquel que ha quedado para la historia con el título de una de sus frases más polémicas: “España ha dejado de ser católica”. Entre ese país dividido, marchito y subdesarrollado, y el que hoy conocemos media un mundo. Tampoco España ni la Iglesia eran los mismos. Ni, por supuesto, el régimen. Poco o nada tiene que ver aquella incipiente, ingenua y amenazada República con nuestra monarquía parlamentaria consolidada. Tampoco los políticos eran los mismos. Existía en ellos un candor -que no excluía también bajezas de toda laya- exclusivo de aquellos llamados a construir un orden nuevo. Pero también una brillantez inalcanzable para nuestros actuales mandatarios.

Pero, pese a tan notables diferencias, ya Azaña señalaba tres ‘problemas’ sustanciales a los que el nuevo Estado debía hacer frente: el problema de las autonomías locales, el problema social y el problema religioso. De ellos, el primero sigue de plena actualidad. El segundo, por cuanto apuntaba a la reforma de la propiedad, quedó integrado dentro del sistema económico, y, el tercero, el religioso, sigue dando de qué hablar.

En el fondo, el audaz y brillante (e improvisado) discurso de Azaña resultaba irreprochable en sus términos. Para empezar, no había un problema religioso propiamente dicho, ya que éste “no puede exceder de los límites de la conciencia personal. Es ahí “donde se formula y se responde la pregunta sobre el misterio de nuestro destino”. Se trataba estrictamente de un “problema político, de constitución del Estado”, que había que solucionar de una vez. Por eso, el hábil orador en ningún caso discutió que en España hubiera millones de creyentes. Pero hacía un matiz muy importante: “lo que da el ser religioso de un país (..) no es la suma numérica de creencias o de creyentes, sino el esfuerzo creador de su mente, el rumbo que sigue su cultura”. Y ésta ya no era la que había alumbrado el genio creador de nuestra patria en siglos pasados.

Sin embargo, pese a mostrarse mucho más templado que los socialistas, Azaña -que sólo un día después de este discurso alcanzaría la jefatura del Gobierno- se había equivocado a la hora de medir los tiempos e intentó coger del árbol la fruta del laicismo cuando la sociedad distaba mucho de estar madura. Intentar desterrar la enseñanza religiosa de las aulas fue considerado como una afrenta por los sectores más conservadores de la sociedad española, y este elemento lastraría decisivamente el ambicioso proyecto republicano.

Es más, este hecho sigue influyendo en los actuales gobernantes quienes, a pesar de que el catolicismo no ha hecho más que perder adeptos en nuestro país, siguen manteniendo una relación con la Iglesia que se mueve entre la ambigüedad, el temor y la tibieza. Quizá recuerden también aquella otra frase de Azaña, pronunciada ya mientras el curso de la guerra anunciaba la inminente caída de la República: “El enemigo de un español es siempre otro español”.

Actualización: 21/01/2008

Me ha resultado llamativa al hilo de lo que hablamos más arriba una viñeta de Elgar publicada en Sur. Refleja..., iba a decir que de manera muy gráfica (y cómo no), refleja, en fin, nítidamente las posturas enfrentadas que sobre el tema se siguen suscitando hoy en día.

miércoles, 16 de enero de 2008

Gallardón no entra en la lista. ¿Quién lo dijo primero? (Aparte de Esperanza Aguirre)

(Imagen subtitulada: Rajoy:"Te voy a dar el pasaporte en cuanto menos te los esperes".
Galladón: "Mariano no seas así. Que mira la cara que se me va a quedar")

Eran las 21.31 h. por el reloj de mi ordenador cuando Àngels Barceló, que está como una niña con zapatos nuevos desde que se hizo cargo de Hora 25, interrumpía la retransmisión del Sevilla-Barça para dar una noticia de “última hora”. Rajoy ya le había dicho a Gallardón que no estaría en las listas de las generales. Toma ya. El tono de la locutora denotaba cierta euforia. Incluso el tono de su voz parecía ligeramente asmático, como si hubiera tenido que subir corriendo las escaleras para, sin sentarse siquiera, abrir su micro y soltar la perla. O quizá fuera simplemente porque era la primera vez que cortaba un Carrusel, y ya se sabe que a los de informativos le “ponen” estas cosas. El caso es que a cualquier oyente le hubiera producido la impresión de que acababa de escuchar una “primicia”. Al fin y al cabo, a la radio siempre se le ha presupuesto esa capacidad de “adelantarse” de la que carecen medios como la prensa escrita o la televisión.
Inmediatamente decidí echar un vistazo a las distintas ediciones digitales de algunos diarios y otras webs para ver si se habían hecho eco de la noticia. Y, aquí fue cuando me encontré con alguna que otra sorpresa.

En primer lugar me fui a la que yo creía fuente de la noticia. Pero en la web de la SER sólo me encontré con un aviso de ÚLTIMA HORA con el titular de la noticia fechado a las 21.31 h., y que no ampliaba la información. Lógico, pensé. Es justo lo que Àngels –tenemos confianza- acaba de decir. A ver si en el país.com, pensé. Pero, de momento, tampoco. Similar formato, sólo que con el cintillo de URGENTE apuntando lacónicamente: “Gallardón no irá en las listas del PP al Congreso por Madrid”, aunque este presuntamente colgado a las 21.21h. Es decir, diez minutos antes.

De momento, El País se anotaba el tanto, pues mientras en elmundo.es aparecía la noticia, todavía sin más datos, a las 21.30 h, la edición digital de su rival, Público, ni siquiera recogía la información. Normal, me dije, como son nuevos todavía no estarán tan pendientes de estas cosas (algo que rectifiqué después mentalmente al caer en la cuenta de que era hora de cierre y todos andarían a la caza de un asunto que debía dirimirse en cuestión de horas). Por su parte, los medios conservadores –aunque ellos prefieren llamarse liberales (sic), libertadigital (21.38h.) o abc.es –que a las menos cuarto aún no había sacado nada- no se dieron demasiado prisa. Que ya le dará Jiménez Losantos de lo suyo a ese rojeras del Gallardón.

Pero, entonces, tras algunos rastreos más o menos aleatorios, regresé a la web de Público. Eran exactamente las 21.35 h. ¿Y qué creen que paso entonces? Que la noticia aparecía. ¡Fechada a las 21.10h! Y, además, con un comentario firmado por un tal “El sabiondon”: “El ejemplo lo puso el propio Gallardon y estaba en lo cierto. Esto es como Hamilton y Alonso... y al final no ganará ninguno.” La hora del comentario era las 21:35:43.

¿Qué había pasado? ¿Me había saltado la noticia en un primer vistazo? En este caso, el resto de medios habrían tardado hasta 10 minutos, en el mejor de los casos, y más de 20 en el resto hasta ofrecer la información. Algo ciertamente improbable. ¿Entonces, qué? Sólo quedaba otra posibilidad. Que los de Público hubieran decidido ponerle una fecha ficticia a la noticia con la intención de dejar constancia de que ellos habían sido los primeros y los demás unos mindundis. La aparición de un primer comentario acompañando a la noticia a las 21.35 h. serviría en este caso para avalar la triquiñuela. Y todo por la jeta.

Desconozco si esto se puede hacer, digo, técnicamente, manipular la fecha en la que se cuelga una información. Y quisiera pensar a que todo no se debió más que a mi vista cansada, y a que aún no había cenado, pero, me remito a lo que vi y al razonamiento esbozado.

En cualquier caso, todo esto, nos invita a hacer una lectura sobre el periodismo actual. Con Internet como cabeza de lanza de la información más rabiosamente actual, el concepto de “primicia” está quedando en desuso. Esto no es necesariamente perjudicial, en tanto que los ciudadanos disponemos de una gran variedad de canales a través de los cuales mantenernos informados, en tiempo récord, sobre todo lo que pasa a nuestro alrededor. Pero esta revolución está poniendo en cuestión al mismo concepto de “fuente”. En el caso al que nos hemos referido –que no es más que una aguja en un pajar- todos los medios daban la noticia como propia. No echaban mano de agencias, ni había tenido lugar una rueda prensa, ni un comunicado. Pero tampoco se especificaba el origen de la noticia, quién la había facilitado. Al mismo tiempo, los datos que unos y otros aportaban, con una diferencia de minutos o incluso segundos, eran exactamente los mismos, con lo que la sensación final era de que unos y otros se leían y se escuchaban en un proceso de retroalimentación mutua que puede tener mucho de información pero bastante menos de periodismo.

Evidentemente, la rapidez no lo es todo. Pero, que haya quien buitree sin pudor las noticias de otros da mucho que pensar sobre la calidad de la información que estos parásitos del que se supone el mejor periodismo español puedan llegar a generar.

martes, 15 de enero de 2008

Dibujitos para poner música a la letrita

La nueva letra del himno español ha dado y sigue dando que hablar. Desde luego, el entusiasmo no ha sido la variable más extendida. Pero, como en otras ocasiones, quienes mejor han trasladado en la prensa el debate en torno al tema han sido quienes menos palabras necesitan. Hablo, claro, de los ilustradores, quienes desde un punto de vista humorístico, crítico o artístico nos han dado diferentes versiones de la noticia.
Aquí van algunos ejemplos.

Guillermo (El Mundo)
Santi Orúe (Público)

Forges (El País)

Medina (Público) Idígoras y Pachi (El Mundo)

lunes, 14 de enero de 2008

Hermesiana: Lessing y los senderos

Iniciamos con este texto una sección dedicada a recoger extractos, fragmentos o citas de cierta extensión de autores, a menudo consagrados, en ocasiones algo menos conocidos o sencillamente olvidados que pueden ayudarnos a comprender o poner en perspectiva, nuestra cultura actual. Filosofía, historia, política, sociología, literatura… De todo un poco, sin mayor pretensión que la de compartir unos pasajes que encierran en cada caso lúcidas miradas sobre el presente, aun cuando puedan haber sido escritos siglos atrás.

El primero, a modo de justificación del epígrafe, es de Gotthold Ephraim Lessing, una de las figuras capitales de la Ilustración en Alemania, autor de obras como Natán el Sabio, o Laocoonte, y al que le debemos pensamientos como el que sigue: “Si Dios me ofreciera en su mano derecha la posesión de la verdad total y plenaria, y en su izquierda el afán por ir siempre en pos de ella, no vacilaría en escoger este último regalo -aun al precio de tener que andar siempre errante en esta búsqueda-, porque aquella posesión es atributo de la divinidad, y esta búsqueda atributo del hombre”. Toda una declaración que merece ser tenida en cuenta al intentar definir –lo que se ha convertido, la mayoría de las veces sin mayor soporte, en todo un deporte intelectual- el “humanismo”.

1. Gotthold Ephraim Lessing. Senderos.

"Llamaban los griegos hermesiano a todo lo que se encontraban casualmente por un camino. Pues, entre otras cosas, era para ellos Hermes el dios de los caminos y de la casualidad.

Imaginémonos un hombre de curiosidad ilimitada y sin querencia a una ciencia determinada. Siendo incapaz de darle a su espíritu dirección estable, con objeto de satisfacer su curiosidad merodeará por todos los campos del saber queriendo admirarlo todo, conocerlo todo y saciarse de todo. Como no carece de ingenio, hará muchas observaciones, pero ahondará en pocas cosas; dará con muchos rastros, pero verificará pocos; hará descubrimientos más curiosos que útiles; abrirá perspectivas que dan a paisajes que casi no vale la pena ver.

A estas observaciones, a estos rastros, descubrimientos, perspectivas, caprichos, si este hombre quisiera a pesar de todo ofrecérselos al mundo, ¿qué mejor nombre podría darles que hermesiana? Se trata de riquezas por feliz casualidad encontradas por los caminos, con mayor frecuencia en senderos que en camino real. Pues son muchos los buscadores que van por el camino real y encuentran en él lo que ya antes encontraron otros muchos y echaron al suelo otra vez."

sábado, 12 de enero de 2008

El himno de España vuelve a tener letra

(Intentando encontrar una imagen en el Google para ilustrar este post escribiendo 'Himno de España' en la barra del buscador, me salió esta foto. Como el tema levanta susceptibilidades me ha parecido adecuada como símbolo de unidad entre todos los españoles. Ya si eso ustedes le ponen la letra)

La letra del himno de España ya tiene letra, otra vez quiero decir. Un parado de 52 años de Ciudad Real, ha sido el autor de una pieza tan original como una escoba y tan emocionante como ir al estreno de la última película de Vicente Aranda (aunque en este caso siempre tendremos la duda de si a alguna de las protagonistas se le verá el clítoris).

Por si aún no conocen la letra, cosa harto improbable, la reproduzco a continuación. Saquen los pañuelos:

¡Viva España!

Cantemos todos juntos

con distinta voz

y un solo corazón.

Ama a la Patria

pues sabe abrazar,

bajo su cielo azul,

pueblos en libertad.



¡Viva España!

desde los verdes valles

al inmenso mar,

un himno de hermandad.

Gloria a los hijos

que a la Historia dan

justicia y grandeza

democracia y paz.

Calco del de Pemán, innecesario, rancio, mesetario… Estos y otros calificativos han sido utilizados para definirlo, aunque siempre hay –porque tiene que haber de todo- a quien no le parece mal la propuesta elegida –entre un total de siete mil- por el comité de “sabios del COE” (Jiménez de Parga, Teresa Zabell..., y otros sabios del estilo más). El mismo Plácido Domingo será el encargado de cantarlo por primera vez en acto oficial. Y no se asusten si en plena alucinación colectiva al final se lanzan a recoger las 500.000 firmas necesarias para iniciar su tramitación en el Congreso. Cuando nos da por ponernos pesaditos no hay quien nos pare.

A mí lo de ponerle letra al himno, me parece básicamente una chorrada. Un anacronismo sin mayor fundamento, fruto del aburrimiento de algunos. Un derroche, vamos. Pero el elegido más que otra cosa me resulta insustancial, demasiado políticamente correcto (“pueblos en libertad”, “con una sola voz”…). Una ñoñez elevado a la eñésima potencia. Si querían encontrar algo capaz de representar los valores de nuestra eterna e inmortal Patria digo yo que se podían haber inspirado en algunos ilustrativos ejemplos. La Marsellesa, por ejemplo:
«A las armas,

ciudadanos,

formad vuestros batallones.

Marchemos, marchemos.

Que la sangre impurariegue nuestros campos».


O, mejor, el Himno colombiano:


«Del Orinoco el cauce se colma de despojos,

de sangre y llanto un río se mira allí correr.

En Bárbula no saben las almas ni los ojos,

si admiración o espanto sentir o padecer».

Potentes, ¿no? Anatoli nos ofrece otras muestras en esta línea. Letras pegadizas y rotundas, pensadas para la victoria. Pues se trata de eso, digo yo. De salir al campo a matar al contrario. Dos hostias en el pecho. La mirada al cielo. Chan, chan, chan, chan, ¿democraciaaaa y paaaaazz? Definitivamente, es anticlimático.

A pesar de todo, el debate está en la calle. Y los periodistas deportivos se frotan las manos. Si no, al tiempo. Parece que lo estoy viendo. Que si Raúl se lo sabe, que si Joaquín, no (quillo, normal, tantas palabras, joé), que si Puyol lo canta al revés, como el disco blanco de Los Beatles…
Con lo fácil que hubiera sido quedarse con el ‘porompompero’.

jueves, 10 de enero de 2008

Don MacCullin. Una vida en blanco y negro

(Acerías de West Hartlepool, Condado de Durham (Gran Bretaña), 1963)

Recuerda Don McCullin, una de las grandes referencias del “fotoperiodismo” actual, que la primera vez que fue a cubrir una guerra lo fotografió todo como si estuviera delante de un hecho tan horrible e insólito que pensó que nunca se repetiría. Con el tiempo este fotógrafo “comprometido” descubriría que la rueda del horror no se detiene ante nada. Los conflictos de Vietnam, Congo, Biafra, Rodesia o Sudán, tanto como las escenas de humildes vagabundos o de barrios míseros del primer mundo, le fueron dando la medida de la crueldad humana, cuyas consecuencias han ido desfilando a lo largo de décadas por su cámara.

Con motivo de la visita que realizó hace algunas semanas a nuestro país para presentar la exposición retrospectiva que de su obra se está mostrando en Madrid, McCullin ha rememorado algunos de esos momentos que han marcado su vida profesional. Como el ocurrido en 1971 en la frontera de Pakistán oriental, entre India y Bangladesh, en medio de una epidemia de cólera. Cuenta el fotógrafo británico que llevaba días contemplando la deshidratación de los refugiados bengalíes que huían de la guerra y bebían desesperados las cercanas aguas contaminadas, extendiendo la enfermedad. Entonces, observó a un hombre con un bebé en brazos y tres niños pequeños a su lado, junto a una camilla sobre la hierba en la que reposaba el cadáver de la madre. Cuenta que aquel día trató de hacer la fotografía mirando al cielo, para que no vieran que estaba llorando, mientras el padre se lamentaba, preguntando cómo iba a dar de comer a sus hijos, sobre todo al pequeño, que se mordía los puños de hambre. Tras hacer la foto, le dio el dinero que tenía. “No me sentí mejor- recuerda-. En cierto modo, estaba comprando la libertad de mi conciencia".


Sin embargo, este mensajero del horror, como lo “fotografiaba” algún periódico español, ha conocido que pese a la impotencia sufrida mil y una veces en circunstancias parecidas, su trabajo sí podía servir de ayuda. En 2007 en la frontera del Chad con la región sudanesa de Darfur, fotografió lo que Penny Lawrence, director de Oxfam Internacional, ha calificado como “la mayor concentración de sufrimiento humano en el mundo”. “Por primera vez en toda mi vida –afirma-, sentí que hacía algo útil". La campaña recaudó tres millones de euros.

Ganador de premios como el Cornell Capa, Don McCullin ha abandonado las guerras y en la actualidad realiza un trabajo sobre los restos del imperio romano en el Mediterráneo. Lo que él denomina “fotografías de paz”.

Quienes vivan o visiten Madrid tienen hasta el 27 de enero para disfrutar de una selección de 129 de sus imágenes, que bajo el título 'Don McCullin. Una trayectoria heroica' pueden contemplarse en el Canal de Isabel II y que son un repaso esencial a la segunda mitad del siglo XX vista por este fotógrafo londinense que ya habita la setentena.

Simone de Beauvoir, la escandalosa, cumple 100 años


Este miércoles 9 de enero se cumplían cien años del nacimiento de Simone de Beauvoir, la inseparable compañera “necesaria” –entre una amplia nómina de amores “contingentes”- de Jean-Paul Sartre. “Si usted se acostara en este estrecho jergón, a mi lado -le escribía el filósofo en 1939, desde el frente, cuando tras una década de relación se separaba por vez primera de su amada, a quien siempre trató de usted (y viceversa)-, me encontraría muy a gusto y se me derretiría el corazón. Pero no será así y tendré que oír los ronquidos sonoros de alguien. Ay, amor mío, cómo la amo a usted y cómo la necesito. La amo con todas mis fuerzas”.

‘Simone de Beauvoir: la escandalosa'. Así titula la revista 'Le Nouvel Observateur' el especial que, con motivo de su centenario, ha dedicado a la autora de ‘El segundo sexo’ y en cuya portada se la ve desnuda frente al espejo. La instantánea, de un innegable erotismo, era tomada en 1952 por el escritor Arthur Shay en la intimidad del cuarto de baño de su casa. Pero el ‘Castor’, como Sartre la llamó hasta su muerte, fue mucho más que la compañera de un gran hombre –así como su primera y mejor lectora-, sino que supo imponer su condición de mujer en un mundo eminentemente masculino y codearse ‘inter pares’ con intelectuales de la talla de Albert Camus, Boris Vian o Raymond Aron, sin contar al propio autor de ‘El ser y la nada’.
Sus memorias constituyen, de lo anecdótico a lo profundo, de lo personal a lo colectivo, una de las mejores crónicas de un tiempo apasionante y crucial para la historia de las ideas en Europa: "Naci a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles barnizados de blanco que daba sobre el Bulevar Raspail", dice al inicio de Memorias de una joven formal, el primero de los tomos que recogen su intensa autobiografía.
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domingo, 6 de enero de 2008

¿Qué os han echado los Reyes?

(Imagen: surlandia.com)
¿A que no saben con qué han abierto hoy todos los informativos de televisión? Sí, con una noticia. Pero, ¿con cuál? Ah, que desde cuándo los informativos de televisión dan noticias. Bueno, hagan un ejercicio de imaginación. ¡Eso es! Claro, con la imagen de niños ilusionados y felices por la llegada de los Reyes Magos a sus hogares. Ahora, ¿no tienen la impresión de que cada año son menos los chicos que muestran su entusiasmo ante tan especial visita? ¿Tendrá algo que ver Papá Noel? ¿Tendrán algo que ver los regalos del cumpleaños, del santo? ¿Tendrán algo que ver los regalos de fin de curso, de final de trimestre (una PSP si las notas han sido buenas, una bici –ah, se siente- si sólo te han quedado seis o siete)? ¿Tendrán algo que ver las recompensas porque hoy te has comido toda la cena? ¿Tendrá algo que ver que “porque un día es un día” aquí tienes la tabla de skate, las bambas de 100 euros, el último juego para la Wii? ¿Quién se va a creer ya que si no has sido bueno los Reyes te van a traer carbón? La cosa podría terminar en el juzgado. Además, los tres magos de Oriente son superpesados. Se empeñan en venir por la noche, mientras duermes, vamos, están dispuestos a no dejarte dormir.

Dice Gilles Lipovetsky en su último libro, La felicidad paradójica (Trad. de Antonio-Prometeo Moya, Anagrama, Barcelona, 2007):
“Con este orden económico en que el consumidor se alza como señor de los relojes se corresponde una profunda revolución de los comportamientos y del imaginario consumista. Nace un Homo consumericus de tercer tipo, una especie de turboconsumidor desatado, móvil y flexible, liberado en buena medida de las antiguas culturas de clase, con gustos y adquisiciones imprevisibles. Del consumidor sometido a las coerciones sociales del standing se ha pasado al hipercomsumidor al acecho de experiencias emocionales y de mayor bienestar (miex-être), de calidad de vida y de salud, de marcas y de autenticidad, de inmediatez y de comunicación. El consumo privatizado ha tomado el relevo del consumo honorífico en un sistema en el que el comprador está cada vez más informado y es cada vez más infiel, reflexivo y “estético”. Poco a poco se van desvaneciendo los antiguos límites del tiempo y el espacio que encuadraban el universo del consumo: y ahora nos vemos en un continuo consumista cósmico, desincronizado e hiperindividualista en el que ninguna edad escapa ya a las estrategias mercadoténicas de segmentación, pero donde cada cual puede emplear su tiempo a la carta, remodelar su apariencia, elaborar su estilo de vida. Es la hora del consumo-mundo en el que se han eliminado los antagonismos culturales y en el que el espíritu consumista tiende a reorganizar el conjunto de las conductas, incluidas las que no dependen del intercambio comercial. Poco a poco el espíritu de consumo ha conseguido infiltrarse hasta las relaciones con la familia y la religión, con la política y el sindicalismo, con la cultura y el tiempo disponible. Es como si, desde este momento, el consumo funcionara como un imperio sin tiempos muertos y de contornos infinitos”.

A mí, paradojas de la vida, los Reyes me han traído Las arquitecturas del deseo, la última obra de José Antonio Marina. Lo abro al azar y leo el siguiente pasaje:
“No vivimos en la orgía, sino en el catálogo publicitario de la orgía, es decir, en la apetencia programada. La publicidad ya no da a conocer los atractivos de un producto. Su función es producir sujetos deseantes”.

Como decía la Bruja Avería (no te rías, no te rías): “¡Viva el Mal, viva el Capital!”

viernes, 4 de enero de 2008

De tapa caída

(Fuente imagen: adn.es)

Cuando llegan estas fechas, muchas personas se acercan a su librería más cercana a comprar un libro. La imagen sería insólita en cualquier otro momento del año, pero estos tochos de papel escritos con portadas de cartón duro son uno de los regalos clásicos de Reyes.

Las cifras nos dicen que en España se publican muchos, muchísimos libros, más de 50.000 anuales, pero que un alto porcentaje de la población no lee ninguno. Hasta ahora era mayor la relación de libros comprados a la de leídos, dándose el caso que magníficas bibliotecas personales podían pertenecer a personas a las que el placer de la lectura les es del todo ajeno, pero estamos a un cuarto de hora de llegar a un punto en el que la cantidad de ejemplares editados se equipare con la de obras leídas. Un delirante dispendio.

La extraña situación que vive el sector encuentra su distorsionado reflejo en el gremio de los libreros, quienes de pasar a representar una especie de modernos sacerdotes del saber -al fin y al cabo encuentran su antecedente en las viejas abadías medievales- se han convertido en muchos casos en simples vendedores sin cualificación alguna.

Hace unos días, se nos presentaba esta realidad en toda su crudeza cuando conocíamos que algunos empleados de la mítica librería madrileña Fuentetaja se ponían en huelga indefinida para reivindicar, entre otras cosas, mejoras salariales. Los “huelguistas” denuncian que desde hace 8 años todos los trabajadores han sufrido una congelación salarial que se mantiene hasta la fecha. Además, critican a la dirección el que, pese a esgrimir como excusa que la librería no da beneficios, desde la reapertura en su nuevo emplazamiento, los anaqueles siguen vacíos en numerosas secciones y departamentos, se pospone la creación de una página web, “funcional y estructurada desde un punto de vista comercial”, no se vigila el fondo de librería y no existe “un concepto rector de librería definido”.

Pero, estos libreros, cuyos sueldos -pese a llevar en algunos casos más de diez años trabajando para la casa- oscilan entre los 700 y los 900 euros, lamentan además la pérdida de cierto “espíritu”, quizá el que alumbró el negocio cuando la librería abrió sus puertas en plena dictadura franquista y, -especializada en publicaciones de Humanidades y Ciencias Sociales-, se convirtió en un auténtico referente para quienes buscaban títulos prohibidos por la censura.

Ilusos.

Esos tiempos ya no volverán. Ahora lo que se llevan son los ‘rankings’ de los más vendidos -verdadera biblia del lector actual-, y los libreros (ejem) con gorra y nombre en la camisa, a los que hay que aclararles -son casos reales- que Camus (Albert) no se escribe Camí, y que Sartre (por Jean-Paul) no es lo mismo que Sastre (por Alfonso).

Siempre, claro, hay excepciones. Pero esas ‘rara avis’ parecen condenadas a la extinción. En una sociedad de técnicos, los trabajadores de la palabra se quedan sin respiraderos. Al fin y al cabo, pagarle por encima del salario mínimo a alguien para venderte un libro -que a lo mejor ni te gusta luego-, es tontería. Eso ya lo hacen las máquinas y sin tener que darles las gracias. Como en el metro.

 
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